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El Día D. El día de las declaraciones de altos cargos de IDIADA

    Diluviaba. Habíamos quedado a las ocho menos cuarto en la esquina de la calle Balmes con la ronda de General Mitre. Nos teníamos que dirigir a El Vendrell para asistir a las primeras declaraciones de altos cargos de IDIADA.

    Estaba ilusionado. ¡Esto empezaba a moverse! Llovía torrencialmente. Los coches estaban parados en los arcenes de la carretera de lo que llovía. Nosotros seguíamos adelante, nada nos detenía. En Cunit, unos guardias urbanos nos desvían de la carretera, ya que ésta se encontraba completamente inundada. Hasta nos cayó un trueno a unos metros... ¡qué miedo!

    Por fin, llegamos a las nueve y media. Preguntamos dónde se encontraban los juzgados, los encontramos, aparcamos el coche y, como es pronto, desayunamos. Cuando son las 10 menos 5, Manolo, se va y me dice que no sabe cuando va a volver, a lo que le digo que estaré en este bar o en el coche esperándole.

    La mañana se hizo eterna.... con lo impaciente que soy, lo importante que era el asunto para mí: el más importante, y no podía hacer nada que no fuera esperar... Me tendría que haber llevado un libro con el que entretenerme leyendo.... pero, sabiendo como me conozco, no hubiera servido de nada. Hice varios viajes del bar al coche, del coche al bar... miraba, ya fuera por el espejo retrovisor, ya sea por los cristales del bar, ver llegar a Manolo, pero, nada, nada sucedía. Recé y recé, todo lo que sabía. No aparecía. Eso era bueno, lo sabía.... pero, también quería saber noticias.... era horrible... Quería que viniera para saber noticias, quería que no viniera porque eso era bueno...

    Casi al filo de las 2 de la tarde, y a través del espejo retrovisor, luego me encontraba en el coche, le vi que se acercaba. Iba con el paraguas apoyándolo en el suelo: ya no llovía.

    ¿Qué habrán dicho?, me preguntaba. Muy bien, ha ido muy bien, me dijo.

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